Sangre gauchesca

Te invitamos a leer la historia de un chico que vive en el campo y comienza a descubrir las dificultades de un mundo lleno de injusticias.

7 de agosto de 2023

Entre 1862 y 1880, en tierras argentinas se encontraba un joven hijo de gaucho, José, que estaba decidido a ser como su papá. Él se divertía arreando a las ovejas con su perro Cacho y disfrutaba los mates amargos que le cebaba su mamá, María. José estaba determinado a domar caballos como su padre pero era muy difícil y ya se había dado unos cuantos golpes intentándolo y unos coscorrones de más.

 

La noche anterior en la que José cumpliera sus doce años, pudo escuchar desde el corral donde metían a las ovejas, la discusión de sus papás sobre unas tierras a reclamar. Él se trató de esconder lo mejor posible del otro lado de la ventana de la cocina, pero no fue lo suficientemente ágil como para que María no lo vea. José se congeló, pero su madre en lugar de enojarse, gritarle o avisarle a su padre, le hizo un gesto con la cabeza de “andate” que él agradeció, pues ya le dolía la nuca de los correctivos del gaucho.

 

En la mañana siguiente, antes de que amaneciera, José escuchaba lo que sería su padre preparando todo para irse a algún lugar, la pava en el fuego, el mate esperando ser cebado, el cuchillo afilado que enfundaba en su espalda, caballo listo y solo él faltaba. Fue un silencio lo que determinó que el gaucho lo dejara ir, lo miró y antes de que pudiera decir algo, su padre, después de un largo sorbo de su mate, masculló si quere’ venir, apurate y José fue disparado a buscar su mejor boina, el pañuelo bordado hecho por su mamá, un chiripá enmendado por parches como consecuencia de las caídas que tuvo de la yegua, el cinturón y su querido poncho que ya le estaba quedando chico.

 

Al alba salieron padre e hijo, José pensó que era el momento perfecto para por fin cabalgar a la yegua. Yendo a buscarla el gaucho le gritó vo’ veni’ conmigo, no en ese matungo lo que él aceptó sin chistar, pensando que ya era bastante que lo dejara ir. Fue un viaje largo que se le hicieron añares a José, para entretenerse contaba las vacas que veía a lo lejos, observaba los yuyos secos que crecían en su camino, las nubes que algunas tenían formas de montañas nevadas, otras de ovejas y hasta una que se parecía a Cacho. Habrán sido unas cuantas horas, el sol ya casi estaba sobre sus nucas y el joven gaucho agradecía haberse traído su panza de burra para protegerlo del calor que irradiaba, aunque el viento se sentía. No te achuche’ José, ya tamo fue lo que despertó a José de un julepe. De lejos se podía ver como se iba formando una ciudad, o eso creía el hijo del gaucho, sin vacas, sin yuyos secos y feos, pero que estaba lleno de gente bien vestida, de unos carruajes rojos llevados por unos caballos, que encima tenía a tres señoras viejas, pintadas hasta donde no deberían, moviendo de forma rítmica sus abanicos a sus caras llenas de arrugas, tirando miradas lascivas al joven y su padre.

 

Cuando llegaron, dejaron al grisáceo caballo atado a una estructura alta y desgastada por el tiempo y entraron sin cuidado por unas grandes puertas de madera de roble y pilares de yeso. El gaucho iba a paso firme hacia un escritorio medio alto, con un señor que parecía importante, semi pelado, subido de peso, con cachetes que le colgaban de una manera que José nunca había visto antes y con cara de larguero, que sabía que les complicaría el día. Este miraba al gaucho, desde la punta de su sombrero hasta sus tumangas llenas de barro que dejaron huellas al entrar, con cara de asco, como si un insecto gigante acabara de pasar por la puerta del establecimiento. El gaucho fue directo al grano y con su voz segura y alta le reclamo al señor, ustede’ me están tratando de sacar mi tierra. Yo trabajo y vivo ahí, es mi paga.

 

El señor detrás del escritorio, mantuvo la compostura y con una voz ronca, vieja y deteriorada por el tiempo, interrumpió al gaucho sin pedirle información de ningún tipo para comprobar la veracidad de lo que dijo y haciendo énfasis a las primeras palabras, pronunció: Señor, usted no revalidó sus títulos de las tierras en el Poder Ejecutivo, esas tierras ya no le pertenecen, ahora son del Estado. Le pido que se retire y no haga más escándalo. El gaucho, contestó ¡Esto es un macanazo, una manganeta! Esa’ tierra’ son mía’, no me la’ pode’ sacar y pegó fuertemente su puño contra el escritorio que tenía al frente, a unos pocos centímetros de la cara de este señor, dejando todo el lugar en silencio, incluyendo a su hijo que lo miraba estático, tratando de no moverse para no alimentar la furia de su padre. El viejo, ya irritado de las faltas de respeto del bárbaro, le entregó unos papeles. Aquí notifica los testigos y funcionarios que fueron a visitar esas tierras, si sabe leer, venga y compruebe, gaucho, diciendo estas últimas palabras en una voz desafiante con pizcas de asco y odio al pronunciarlas, mirándolo desde sus cejas con un par de ojos muertos.

 

Esto último fue lo que detonó la ira creciente dentro del padre de José, que lo llevó, en cuestión de segundos, a sacar su cuchillo de su espalda e intentar lanzarse arriba del viejo para que no volviera a ver el cielo otra vez, pero que fue impedido por los dos guardias que estaban esperando impacientemente otro paso en falso del gaucho para justificar como lo echarían de ahí. Mientras que estos lo arrastraban por el piso fuera del establecimiento, él gritaba todo tipo de cosas que ni su hijo pudo comprender. Mientras observaba la situación, suplicaba a sí mismo no emitir ni un sonido, para no tener el mismo destino que su padre.

 

Rápidamente empezó a levantar todos esos papeles desparramados del piso. Él entendía el enojo de su padre; además de remarcar que no sabía leer, lo llamó gaucho. Mientras José agarraba el último conjunto de papeles, pudo sentir en su nuca la fría y vacía mirada del viejo en traje, que estaba tan asqueado de la insubordinación del gran gaucho que no notó la presencia de su joven copia. ¡No vuelva a entrar, gaucho sucio! le grito uno de los soldados mientras lo arrojaba a la sucia calle como un perro. Antes de que estos cierren la puerta con una fuerza descomunal, José salió corriendo por la misma con los papeles arrugados, ofreciéndole la mano a su padre para ayudarlo a levantarse. El gaucho, más sucio que antes con pedazos de barro por toda su ropa, le pegó un leve golpe a la mano extendida y se recompone por sí mismo. El padre se subió al caballo ya suelto y le hizo un gesto con la cabeza para que José haga lo mismo, dirigiéndose por donde vinieron, con la frente en alto, pecho inflado y determinación al paso.

 

José se preguntaba si terminaba todo. Acaso el gran gaucho de su padre, el que no temía a nada ni a nadie, ¿se iba a dar por vencido así de fácil?, ¿qué pasaría con el rancho y su casa?, ¿dónde irán?, ¿qué va a pasar con todas las ovejas?, ¿podría antes domar a la yegua?. El caballo dejó de trotar, haciendo que José volviera a la realidad. Pararon  10 minutos y su padre estaba demasiado callado. La noche se les caía encima y sabía que su mamá ya se iba a desesperar por no saber su paradero, se la podía imaginar tomando un mate con cascara de naranja y doblando el mismo mantel viejo una y otra vez por el nerviosismo. Pensaba si preguntar qué estaba pasando, pero existía una gran posibilidad de comerse un correctivo por maleducado. Finalmente, en voz baja, titubeó ya está oscuro, ¿no deberíamos volver al rancho? Pasaron unos minutos y el padre respondió paciencia, ya va’ a ver.

 

Fueron unas cuantas horas de espera donde el joven gaucho no se animaba a preguntar qué era lo que iba a ver. El gaucho dio la vuelta y pasó del trote a la corrida haciendo que el pobre José, sin previo aviso, se tenga que agarrar de lo que tuviera más cerca y sostener con toda su fuerza su sombrero que casi engulle el viento. Quedó mucho más confundido con lo que planeaba su padre cuando vio que volvían al lugar donde fueron echados. Calles de barro silenciosas, sin un alma despierta eran recorridas por padre e hijo. Tomaron nuevamente el mismo camino que hicieron esa misma tarde, pero esta vez se desviaron y fueron detrás de la gran casa de puertas de roble. El gaucho se bajó del caballo y arrancó los papeles arrugados y embarrados, de las manos de su hijo. Abrió con facilidad una de las ventanas y desapareció de un salto por ella.

 

Una vez adentro, con el cuidado y sigilo de un zorro que no quiere ahuyentar a su presa, se escabulló en un cuarto oscuro lleno de cuadros de gente bien vestida, con un piano y una gran alfombra que parecía cubrir en su totalidad el piso. Una tenue luz lo dirigió al cuarto de arriba por unas largas escaleras. Subió tratando de que un desprevisto rechinido de las maderas, no delaten su plan. Al llegar a la planta alta, vio de espaldas, firmando algunos papeles sobre su escritorio y con un farol de querosén a su lado, al viejo hombre que lo denigró y robó sus tierras. Con cautela, se posicionó detrás de él, esperando que se inmute de su presencia, pero ni eso, el viejo seguía firmando papeles; que probablemente sean para justificar los robos a muchos más gauchos como él, arrebatándoles sus tierras sin pudor alguno. Sacó su enfundado y bravo cuchillo en cuestión de segundos. Sostuvo bruscamente el cuello arrugado del corrupto forzándolo a mirar hacia arriba. Pudo ver los mismos ojos vacíos y llenos de asco pero ahora, sólo mostraban horror. El gaucho no dibujaba ni un sentimiento en su cara, iluminada por la leve luz del fuego, mientras el viejo lo observaba. Mientras el gaucho gozaba esa expresión de temor, al viejo se le cayó la pluma que sostenía en su mano izquierda. El gaucho reaccionó, cortó su garganta como si fuera un simple papel y soltó su cuello. El corte fue tan profundo que la sangre salpicada, manchó todas las hojas que estaban sobre el escritorio y parte de la cara del gaucho. Retorciéndose de dolor y ahogándose con su propia sangre mientras intentaba gritar por ayuda, se abalanzó sobre la mesa, tirando el farol de querosén. Lentamente el fuego se propagaba por la alfombra del cuarto. El viejo hombre finalmente cayó boca arriba. Agarraba su cuello en un desmedido intento de sobrevivir. Por la comisura de sus labios salían leves chiflidos y sangre carmesí. Gotas de traspiración caían por los costados de su pálida cara. Los ojos abiertos como platos reflejaban el rojo vivo de las llamas.  El gaucho dejó los papeles arrugados a un lado del charco de sangre y dejó atrás las llamaradas crecientes que incineraban el cuarto y al cuerpo vivo del viejo.

 

José podía ver desde afuera la creciente llamarada que se empezó a formar en uno de los cuartos. Se preguntaba qué tipo de plan había ejecutado esta vez su padre. Rápidamente el gaucho salió de la misma ventana por la que entró. José intentaba no mirarlo, hasta que cruzaron miradas por unos cortos segundos. Vio los ojos negros y profundos que no mostraban remordimiento ni alma. Leves gotas rojas adornaban su inexpresiva cara.

 

Se subió al caballo en silencio y sin apuro. Se volvían al rancho, con la casa vieja echa un remolino ardiente de llamas y con el regocijo de haberse vengado por tanto criollo avivado.